dimecres, 8 de juliol del 2009

divendres, 3 de juliol del 2009

Culto al Sol


Culto al Sol, devoción religiosa al Sol, considerado tanto una deidad como símbolo de la divinidad. La adoración al Sol era practicada en Estados Unidos por la confederación iroquesa y el pueblo tsimshian, así como por algunas culturas de las Grandes Llanuras, y alcanzó un alto grado de desarrollo en el México y el Perú precolombinos. En el México prehispánico, la mitología náhuatl consagró a Teotihuacán como la ciudad de los dioses cuando éstos se reunieron después de la desaparición de los primeros cuatro soles que habían alumbrado al mundo. El dios Nanahuatzin, débil y enfermo, se sacrificó arrojándose al fuego para convertirse en el quinto Sol, gracias al cual sigue existiendo la vida. Teotihuacán fue el precursor de la que siglos más tarde sería la Gran Tenochtitlan, el Imperio del Sol, centro religioso, cultural y político de Mesoamérica.

El conjunto de culturas mesoamericanas compartía una forma de pensamiento en la que el Sol es el fuego, el cielo diurno, el dador de vida. Así, en la cultura náhuatl se le llama Tonatiuh, en la zapoteca Copijza, en la maya Hunabku y en la tarasca Curicaveri.

El Sol era considerado el símbolo de la vida al que es necesario asegurar la fuerza para luchar contra los enemigos de la noche y, que de esa forma, pueda alumbrar cada mañana, gracias al alimento divino que es la sangre humana. El ciclo solar recrea la existencia humana en un solo día; así, el Sol joven sale en la mañana, madura al mediodía y envejece al atardecer. En el ocaso lo devora la Tierra y se sumerge en el inframundo, en el dominio de los muertos. Para volver a nacer cada día debe nutrirse de lo más preciado del ser humano: su sangre.

Algunos historiadores afirman que el juego de pelota (como el de la ciudad maya de Chichén Itzá), un rito deportivo-alegórico, simboliza el combate entre las fuerzas antagónicas del cosmos: el bien contra el mal, el Sol contra la Luna, el Cielo contra la Tierra. Tradicionalmente se ha afirmado que los perdedores en el juego de pelota eran sacrificados para ofrecer su sangre a los dioses, pero una revisión moderna de la historia apunta a que pudieran ser los vencedores a quienes se les concedía el honor de ofrendar su sangre como alimento de las deidades solares y, de ese modo, morir como los guerreros en batalla, a los que se aseguraba la gloria eterna. Los muertos en combate eran los encargados de conducir al Sol que nace cada día, mientras que las mujeres muertas en el parto lo acompañaban por la tarde a su morada final. Según los aztecas, el papel que debía cumplir el individuo era estar del lado del Sol, del bien, para que éste siguiera prodigando la luz del día, así como los demás dioses proveían de agua o de semillas. Las personas no debían preocuparse por sus problemas sino porque los dioses siguieran vivos para poder resolverlos.

El culto al Sol en la Gran Tenochtitlan condujo a organizar, a mediados del siglo XV, las ‘guerras floridas’, una serie de enfrentamientos que llevaron a cabo los aztecas o mexicas y los texcocanos contra señoríos vecinos, sin que existiera enemistad previa ni afán de dominación, sino el propósito místico de tomar prisioneros para sacrificarles a los dioses que habían mandado sequías y hambrunas, tal vez como síntoma de su molestia por la falta de alimento espiritual.

En el Perú prehispánico, la muerte de los primeros tres soles por la indiferencia de los humanos dio origen al cuarto Sol, obra de Viracocha. Este dios emergió del lago Titicaca para crear el Cielo, la Tierra, el Sol y la Luna y mandar salir a los hombres de las profundidades de la Tierra; luego desapareció en el mar. Después de Viracocha, Inti, el Sol, es el dios más importante ya que a él se deben todos los beneficios que hacen posible la agricultura. El inca, supremo soberano, recibía su poder directamente de Inti, siendo considerado hijo del dios Sol. La adoración del Sol comprendía un gran número de templos dedicados a él, dentro de los cuales destaca el Koricancha (Cuzco), un séquito de mujeres llamadas Acllas dedicadas a la elaboración de chicha y tejidos para los ritos en su honor, una serie de posesiones materiales y una fiesta que se prolongaba durante todo el mes de junio, cuando se celebraba el Inti Raymi. Además, todos los días del año se sacrificaba una llama en honor del Sol, excepto el primer día de cada mes, cuando se llegaban a sacrificar hasta un centenar de llamas que luego eran consumidas por el fuego.

En la India, el Sol personificado como Surya era un dios hindú, considerado maléfico por los drávidas del sur y benévolo por los munda de las zonas centrales. Los babilonios eran adoradores del Sol, y en la antigua Persia la adoración del Sol formaba parte del elaborado culto a Mitra, que más tarde se extendió por todo el Imperio romano. Los egipcios de la antigüedad adoraban a Ra, dios del Sol. La diosa del Sol, Amaterasu, es la deidad más elevada del panteón sintoísta y tutelar de la casa imperial japonesa.

En la antigua Grecia, las deidades del Sol eran Helios y Apolo. La adoración a Helios estaba muy extendida; templos dedicados a él fueron construidos en Corinto, Argos, Troezen (que ya no existe) y otras muchas ciudades, pero el asentamiento principal se encontraba en la isla de Rodas, en el Dodecaneso, donde cada año se sacrificaban al dios cuatro caballos blancos. Un sacrificio similar se ofrecía en la cima del monte Hagios Elias, en los montes Tayeto de Laconia. Más tarde casi todas las funciones de Helios fueron atribuidas al dios Apolo, en su advocación de Febo. La adoración del Sol continuó en Europa incluso después de la introducción del cristianismo, como se hace patente por su pervivencia disimulada bajo ritos y celebraciones cristianas tradicionales, como la hoguera de Pascua y el leño de Navidad que se quema en los países anglosajones. La adoración del Sol, o al menos las religiones centradas en una deidad solar, es poco frecuente en general. La mayoría de las culturas que muestran cultos solares estaban altamente organizadas y gobernadas por un monarca, emperador o elite aglutinadora que se sumaba al ideal del reino solar para justificar y consolidar su posición.


dimarts, 30 de juny del 2009

London 2009

Aquest mes de juny alumnes i professors i professores del Pere d'Esplugues hem fet la maleta i s'en hem anat a una metròpoli mundial com és Londres. El viatge ha estat veritablement interesant i colpidor (sobre tot per a mi que encara no havia eixt del Estat Espanyol). Hem rodat molt; hem vist museus impresionants i grans monuments i hem passetjat pels carrers d'una ciutat que encara que britànica està habitada per gents d'arreu el món oferint-nos una bona mostra d'aixó que anomenem multiculturalitat. A més a més hem tingut l'oportunitat de soltar-nos una miqueta en eixa llengua franca que és l'anglés. Impressiona vore indis, xinesos, africans, europeus i evidentment anglesos entenent-se tots plegats sense predre del tot la riquesa cultural que suposa el trobament de persones de quantitat d'etnies i països. En fi tota una experiencia que de segur tornarem a repetir un altre any. Ací us deixe un video (partit en tres) que hem elaborat en el que es resumeix l'expedició.







dilluns, 29 de juny del 2009

Los trabajadores y el conocimiento



Cada dia más se habla y especula sobre como evolucionará la economía y el trabajo en las próximas décadas y aunque se trata de un asunto en el que no existen certezas absolutas, parece que una cosa está clara. Los trabajadores con posibilidades de futuro serán aquellos que sean capaces de incorporar valor añadido a su actividad. Algunos de los que leeis este blog sois estudiantes y sobre todo a vosotros se dirige esta entrada, para que valoreis con perspectiva la importancia de formarse y de estar abierto a aprender como factores esenciales en los nuevos escenarios de la competitividad y la realización en el trabajo. Sobre el nuevo trabajador aportamos los diagnósticos de Peter Drucker.





Peter Drucker y los trabajadores del conocimiento


El siglo XXI demanda nuevos perfiles en los trabajadores y directivos; nuevos perfiles más acordes con el creciente peso del conocimiento y la innovación en la economía.


Debemos al prestigioso experto en gestión empresarial Peter Drucker, fallecido en 2005, un completo dibujo del trabajador del conocimiento de la economía del siglo XXI: un trabajador capaz de aprovechar las herramientas y ventajas de la Sociedad de la Información para el aprendizaje permanente, y para el consiguiente progreso técnico-científico y el bienestar social. Es el trabajador, leal a su profesión, que demanda la emergente economía; una economía en que el saber y el innovar constituyen elementos clave para la prosperidad.

En mayor o menor medida, todos somos trabajadores y trabajadoras del conocimiento, incluso utilizando las manos: dentistas, cirujanos, directivos, ingenieros, investigadores, arquitectos, periodistas, economistas, médicos, psicólogos, tecnólogos, consultores, docentes, abogados, enfermeras, gestores, sociólogos, farmacéuticos, políticos, constructores, mecánicos, cocineros, modistos, enólogos, técnicos de laboratorio, vendedores, decoradores, jardineros, fotógrafos, etc. Ciertamente, aunque haya todavía trabajos muy necesarios que puedan ser desempeñados sin una especialización previa y formal, lo cierto es que se impone la competitiva economía del saber en casi todo el espectro laboral.

Más allá del aprendizaje permanente, para muchos de nosotros las exigencias profesionales llegan a la necesidad de innovar o, por lo menos, de adaptar a cada caso particular las soluciones existentes; el hecho es que aprender continuamente forma parte de nuestro cometido profesional. Quizá podría hablarse no sólo de trabajadores del conocimiento, sino de aprendedores permanentes. Observemos las principales características del perfil de este nuevo trabajador:

 Posee importante formación curricular.
 Maneja con soltura las TIC (tecnologías de la información y comunicación).
 Posee suficientes destrezas en el uso y generación de información.
 Es proactivo en el aprendizaje, y al respecto utiliza los medios a su alcance.
 Presenta cierta autotélica vocación profesional.
 Se considera, más que un empleado, un profesional, y es leal a su profesión.
 Desarrolla perspectiva holística y sistémica de su tarea.
 Goza de visible autonomía en su trabajo.
 Le interesa más la calidad que la cantidad.
 Contribuye a la mejora y la innovación.

Tal vez podría añadirse algún rasgo más del perfil, pero enfoquemos la atención hacia la idea de “conocimiento”. El trabajador del conocimiento posee, en general, una materia prima esencial que es la información, a la que accede frecuentemente a través de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC); este trabajador clave de la nueva economía ha de traducir la información a conocimiento, aplicar el conocimiento en su desempeño cotidiano, y añadir nuevo conocimiento al ya existente, es decir, en mayor o menor grado, innovar. Como síntesis del perfil dibujado para este trabajador, cabría destacar el aprendizaje y desarrollo permanente, la competencia profesional y la innovación.


Un aprendedor permanente

El afán de aprender forma ciertamente parte del perfil descrito y es consecuencia de la vocación profesional, del desempeño autotélico del trabajo y de la necesaria competitividad. Los universitarios llegan ya al mundo laboral sabiendo que han de seguir aprendiendo durante toda su vida, y que también han de contribuir a la generación de nuevos conocimientos, en beneficio de la competitividad y prosperidad de sus organizaciones.

Tratemos de llenar de significado el aprendizaje permanente; no se trata sólo de seguir con frecuencia cursos en aula u on line, o participar en otras acciones formativas orquestadas. Quizá el aprendizaje permanente parta, sobre todo, de una actitud; de una proactiva disposición a aprender diariamente de lo que hacemos y observamos, y a buscar en diferentes fuentes aquellos conocimientos que necesitamos para el corto y largo plazo: de la sed de saber. Si, para hacer carrera, a algunos directivos ambiciosos mueve la sed de poder, a los nuevos trabajadores del conocimiento parece mover, sobre todo, la sed de saber y de aplicar el conocimiento en su desempeño profesional.

Y añadiríamos que la idea de aprendizaje continuo, asociada al trabajador del conocimiento, significa asimismo enseñanza permanente, es decir, el poner siempre a disposición de los demás nuestro saber. Y también que supone desaprender lo que, fruto del avance, ya no vale... Y que esta nueva situación demanda específicas competencias en el perfil del trabajador. Desde luego, hay que ver qué debemos aprender, en qué debemos mejorar, qué nos falta y sobra en nuestro perfil profesional; esto nos lleva a lo que sigue.


Un profesional competente

Hay que recordar que el conocimiento nos capacita para actuar —la ignorancia nos incapacita—, pero convengamos igualmente en que actuar bien, con elevado rendimiento, exige otras competencias del individuo. Ya no sólo las empresas, también las universidades, atienden a los perfiles competenciales de los individuos: conocimientos, destrezas técnicas y operativas, facultades cognitivas, fortalezas personales, habilidades sociales, actitudes, creencias, conductas… El denominado competency movement comenzó en España mediados los años 90 y hoy está presente en empresas y universidades, donde se hace un sólido despliegue de las competencias que más contribuyen al rendimiento profesional. Este despliegue abre, cada día más, espacio para la intuición y la creatividad como recursos especialísimos de nuestra inteligencia.




dilluns, 15 de juny del 2009

Els Nous Barbars (II)


Alessandro Baricco es un autor italiano que ofrece varias pistas e intuiciones sobre el mundo de hoy. El año pasado publicó Los Bárbaros. Ensayo sobre la mutación, (Ediciones Anagrama). En él, aborda el choque de dos mundos antagónicos mediados por Internet. Las viejas generaciones con sus certezas, mitos y rituales; y las nuevas maneras sustentadas por los jóvenes nativos digitales de la cultura de masas que surfean la Red en busca de fragmentos para construir sus propias interpretaciones. A estos últimos los denomina Los Bárbaros.

Son los asaltantes y los asaltados. Los primeros están reconfigurando el mundo, aunque no lo perciban de esta forma. Es el viejo choque generacional, amplificado ahora por la globalización, Internet, la comercialización y el consumo.

“La certeza inmóvil (la del viejo mundo) no es conocimiento, es inútil, la certeza que tiene capacidad de movimiento se ha convertido en la más importante (la del nuevo mundo). La lección del Google es: El sentido está en el movimiento -no en la profundidad; el conocimiento válido es el que tiene más movimiento no el que profundiza en el sentido de las cosas, en la esencia de las mismas.
Google ha fijado una regla: El valor de un segmento del saber no es conocerlo a profundidad, con atención, profundizar en los detalles con calma, sino que el valor está en la capacidad que tiene un conocimiento de ser rápido y estar conectado -como en la red- con otros conocimientos. La conexión establecida mientras más rápida es mejor. El movimiento acelerado y acelerante es lo que hace más válido y certero a un conocimiento.”

El Corriere della Sera publicó una conversación entre Claudio Magris y Alessandro Baricco, a propósito de estos nuevos bárbaros. Hé aquí algunas pistas.

Jóvenes conectados a terminales cibernéticas, libros electrónicos, seres diseñados en laboratorios. Si ese es el futuro, ¿debemos temerle? Claudio Magris y Alessandro Baricco conversan sobre la revolución en marcha que podría significar el fin de los valores clásicos de la cultura occidental.

Durante la campaña electoral de 2001 me di cuenta de que no entendía el mundo. Un manifiesto de Forza Italia mostraba a Berlusconi en mameluco, con la inscripción “Presidente obrero”, una idea que podría habérsenos ocurrido a mí y a mis amigos como una bufonada estudiantil que lo pusiera

en ridículo. Habría sido cómico proclamar a Veltroni o a Prodi “Presidentes obreros”. Pero si algo que para mí era una caricatura satírica funcionaba en cambio como una propaganda eficaz, quería decir que las reglas del juego, los criterios de juicio, los mecanismos de la risa habían cambiado; me encontraba en una mesa de póquer creyendo que el as era la carta más alta y descubría que, al contrario, valía menos que el dos de picas.

Alessandro Baricco se adentra en el paisaje de esta mutación de época con extraordinaria agudeza; con esa profundidad disimulada bajo la ligereza que caracteriza su modo de narrar. Quizá Baricco sea un escritor del siglo XIX más que del XX, a pesar de que Novecento es el título de un célebre libro suyo. Se mueve en el mundo saqueado por los bárbaros, como él los llama, con la agilidad de un antílope en un territorio que no es precisamente el suyo, pero en el cual no se encuentra de ningún modo incómodo. Los bárbaros lo son respecto a aquello que se considera la civilización (es decir, respecto a nosotros, que nos consideramos como tal), una civilización que se siente devastada en sus valores esenciales: la duración, la autenticidad, la profundidad, la continuidad, la búsqueda del sentido de la vida y del arte, la exigencia de absolutos, la verdad, la gran forma épica, la lógica habitual, toda jerarquía de importancia entre los fenómenos.

En lugar de todo esto, triunfan la superficie, lo efímero, el artificio, la espectacularidad, el éxito como única medida del valor, el hombre horizontal que busca la experiencia en una girándula continuamente mutable. Vivir se convierte en un surfing, una navegación veloz que salta de una cosa a otra como de una tecla a otra en internet; la experiencia es una trayectoria de sensaciones en la que la pulp fiction y Disneylandia valen tanto como Moby Dick y no dejan tiempo para leer Moby Dick. Nietzsche ha descrito con genialidad única el advenimiento de este hombre nuevo y de su sociedad nihilista, en la que todo es intercambiable con cualquier otra cosa, como el papel moneda. Todo esto nace ya con el romanticismo, que ha infringido todo canon clásico, más aún, todo canon; como recuerda Baricco, la primera ejecución de la Novena de Beethoven fue despedazada por los críticos musicales más serios con términos análogos a los que hoy se emplean para despedazar, acusándolas de complicidad con los gustos más bajos y vulgares, muchos performances artísticos o pseudoartísticos.

Baricco busca describir –o, en sus novelas, contar– y sobre todo entender el mundo, en vez de quejarse de él, y sostiene justamente, en el bellísimo final de Los bárbaros,* que toda identidad y todo valor se salvan no erigiendo una muralla contra la mutación sino operando en el interior de la mutación que es, de cualquier modo, el precio, a veces pesado, que se paga por un gran progreso, por la posibilidad de acceder a la cultura dada a masas antes inicuamente excluidas y que no pueden haber adquirido todavía un señorío coherente.

Si bien todo puede ser comprendido –le planteo cuando lo encuentro en su, y un poco también mía, Revigliasco– no todo puede ser aceptado...

Claudio Magris: Tú mismo escribes que es preciso saber qué debe salvarse de lo viejo –que por lo tanto no lo es– en esta transformación total. Esto implica un juicio que no identifica por lo tanto, como hoy se pretende, el valor con el éxito. También Il piccolo alpino [novela de Salvator Gotta que se utilizó en la época fascista como lectura de formación para los jóvenes] vendía hace un siglo muchos más ejemplares que las poesías de Saba, pero no por esto quien lo leía entendía mejor la vida. Si los diarios –como dices– no hablan de una tragedia en África hasta que no se convierte en un pretexto para papel ilustración, esta no es una buena razón para no corregir esta información paupérrima más que falsa. Es, por otra parte, lo que hacen muchos blogs, en los que se encuentra a menudo más “verdad” que en los medios tradicionales.

Alessandro Baricco: Cierto, no todo puede ser aceptado, tienes razón. Pero entender la mutación, aceptarla, es el único modo de conservar una posibilidad de juicio, de elección. Si se reconoce a la nueva civilización bárbara un estatuto, precisamente, de civilización, entonces se hace posible discutir sus rasgos más débiles, que son muchos. Por otra parte creo que la misma barbarie tiene cierta conciencia de sus límites, de sus pasajes riesgosos y potencialmente autodestructivos: en cierto sentido siente la necesidad de los viejos maestros, tiene una hambre espasmódica de ellos. El hecho es que los viejos maestros a menudo no aceptan sentarse a una mesa común, y esto complica las cosas.

Claudio Magris: Creo que no existe una contraposición entre los bárbaros y los otros (¿nosotros?). Aun quien combate muchos aspectos “bárbaros” no está patéticamente out, y puede contribuir a la transformación de la realidad. La civilización de los Habsburgo, tan experta en invasiones bárbaras, no las demonizaba ni las enfatizaba; se limitaba a decir: “Sucedió que...”

Alessandro Baricco: “Sucedió que...”, bellísimo. Cuando pensé en escribir Los bárbaros tenía precisamente un estado de ánimo de ese tipo. “Está sucediendo que...” No tenía en mente contar un apocalipsis ni tampoco anunciar alguna salvación. Sólo quería decir que estaba sucediendo algo genial, y me parecía absurdo no tomar nota de ello.

Claudio Magris: Indagas espléndidamente la estrecha relación que había entre profundidad, rehuida por los bárbaros, y esfuerzo, sublimada y honda moralidad del trabajo y del deber que a menudo conduce al sacrificio y a la violencia. Pero la profundidad no está necesariamente ligada a la falsa ética del sacrificio. Sumergirse y volverse a sumergir en un texto –en un amor, en una amistad, en vez de tocarlos de pasada como lo hacen hoy los bárbaros– no quiere decir deslomarse cavando como un forzado en una mina, pero es como zambullirse repetidamente en el mar y descubrir cada vez nuevas luces y colores que enriquecen las precedentes, o como hacer el amor muchas veces con una persona amada, cada vez más intensamente gracias a la libertad de la confianza incrementada.

Alessandro Baricco: La profundidad, ese es un hermoso tema. Sabes, mientras escribía Los bárbaros consagré mucho tiempo a entender y a describir la formidable reinvención de la superficialidad que esta mutación está realizando. Y me parece fantástico lo que hemos logrado hacer al rescatar una categoría que oficialmente era la identificación misma del mal, y devolverla a la gente como uno de los lugares reservados al Sentido. Pero me doy cuenta de que esto no significa de ningún mundo demonizar, automáticamente, la profundidad. Tú precisamente hablas de amistad, de amor, y si observas a los jóvenes de hoy, casi todos típicos bárbaros, encontrarás el mismo deseo de profundidad que podíamos tener nosotros. O si piensas en su necesidad religiosa, encuentras una ansia de verticalidad que no logras conjugar del todo con la cultura del surfing. En definitiva, ¿sabes qué pienso? Que la mutación ha desmontado la dicotomía de lo superficial y lo profundo: ya no son dos categorías antitéticas. Son las dos movidas de un único movimiento. Son los dos nombres de una única cosa. Te diré más: la superficialidad, en las obras de arte bárbaras, ya no es distinguible como tal, no más de cuanto tú puedas distinguir entre la cosa y el adorno en un cuadro de Klimt, o la pura aritmética en una suite de Bach.

Claudio Magris: Aunque soy más alérgico que tú a los bárbaros, querría defenderlos de una imagen totalitaria. En Google veo también una –aunque inmensa– redecilla semejante a aquella con la que los niños pescan en el mar cangrejos y conchillas. No tengo necesidad de Google para saber algo sobre Goethe, “linkeadísimo”, porque lo encuentro también fácilmente en otra parte, como en el pasado. En cambio Google me ha dado información sobre un personaje mínimo en el que me estoy interesando, una negra africana del siglo XVI, convertida en dama de corte en España, raptada por caribeños, que llegó a ser más tarde su reina. Los blogs corrigen la unilateralidad bárbara de los medios, que hablan sólo de aquello de lo que se habla y se sabe. No creo que Faulkner pueda desaparecer, sería mejor que desapareciera Google; pero creo que Google puede en todo caso ayudar a hacer redescubrir la grandeza de Faulkner a muchos ignorantes. Los bárbaros que invadieron el Imperio romano fueron sus herederos, leyeron y difundieron los Evangelios...

Alessandro Baricco: Los bárbaros que invadieron el Imperio romano eran a menudo poblaciones ya parcialmente romanizadas, guiadas por caudillos que procedían de las filas de los oficiales del ejército imperial.

Claudio Magris: La profundidad, escribes, es a menudo fundamentalista. Ha conducido, en nombre de valores fuertes, a la guerra y a la destrucción. No creo sin embargo que la muchedumbre bárbara, inocente, pacifista de los consumidores de video juegos sea idónea para exorcizar la violencia; la veo en todo caso desarmada e ingenua y, por lo tanto, fácil presa de las persuasiones colectivas que llevan a la guerra. En tu extraordinaria apostilla a Homero, Ilíada dices –y concuerdo plenamente– que la guerra no se derrota con el abstracto pacifismo sino con la creación de otra belleza, desligada de aquella, por más alta que sea, como en la Ilíada. No veo, sin embargo, en los consumidores de Matrix a estos constructores de paz.

Alessandro Baricco: Aparentemente es así. Pero cada tanto me pregunto, por ejemplo, si una de las razones por las cuales, después de las Torres Gemelas, no nos hemos precipitado en una verdadera guerra de religión en amplia escala, no es justamente la barbarie difusa de las masas occidentales y cristianas: la nueva sospecha que les inspira todo lo que se da en forma mítica les impide adherirse en modo visceral a los posibles eslóganes guerreros que en el pasado, y por siglos, han abierto una brecha muy grande entre la gente.

Claudio Magris: Los bárbaros de los que hablamos son occidentales, aunque comprenden elementos de otras culturas. Hoy la así llamada globalización mezcla en escala planetaria otras culturas, tradiciones, niveles sociales, casi épocas diversas, e introduce también valores de profundidad y de esfuerzo, absolutos, fundamentalismos. Una nueva muchedumbre de excluidos se asoma al mercado de la civilización: respecto de ellos, nuestros bárbaros pronto parecerán aristocráticos de otro ancien régime. Por cierto, pasará tiempo antes de que los clandestinos de cualquier lengua y cultura levanten verdaderamente la voz, pero...

Alessandro Baricco: Es cierto. Cuando hablamos de humanismo o de romanticismo, hablamos de mutaciones relacionadas con un mundo pequeñísimo (Europa, y ni siquiera toda), mientras que hoy cualquier mutación se debe confrontar con todo el mundo, porque está obligada a dialogar con todo el mundo. Será una aventura fascinante.

Claudio Magris: Hay otra mutación en acto, no sólo cultural sino antropológica, genética, biológica, que podrá generar una humanidad radicalmente distinta de la nuestra, dueña de su corporeidad, capaz de orientar a su gusto el propio patrimonio genético y de conectar las neuronas propias a circuitos electrónicos artificiales, portadora de una sensualidad que no tiene nada que ver con la que, más o menos, es todavía la nuestra. Por cierto, pasará mucho tiempo de todos modos antes de que algo así pueda ocurrir. Pero no tendrá sentido preguntarse si este hombre o su clon será verdaderamente “otro” respecto de nosotros, si será horizontal o profundo, así como no tendría sentido preguntárselo respecto de nuestros antepasados simiescos o quizá roedores.

Alessandro Baricco: ¿Lo crees? No sé. A mí me parece una frontera bastante más cercana, un destino que pertenece al hombre como lo conocemos hoy, a ese animal. Porque creo que una de las adquisiciones fundamentales del hombre moderno ha sido la de imaginar y generar una continuidad en su camino, una continuidad casi indestructible. No importa cuánto tiempo será necesario, pero cuando conectemos nuestras neuronas con circuitos electrónicos artificiales habrá todavía, junto a nosotros, una mesa de luz y sobre ella un libro: quizá sea de titanio, pero será un libro. Y lo que hacemos cada día, hoy, quizá sin siquiera saberlo, es elegir qué libro será: ¿puedes imaginarte una tarea más alta y divertida?

Els Nous Barbars


'Los bárbaros'

Alessandro Baricco

Este libro conforma un auténtico «ensayo por entregas» dedicado a la presencia de los nuevos bárbaros en nuestra sociedad. Como su ensayo Next, dedicado a la globalización, el autor afronta con inusual perspicacia y amenidad la existencia de quienes han contribuido al declive de la cultura burguesa occidental, que, sumida en una honda crisis de valores, se desintegra inexorablemente. Ante este acontecimiento, se alzan numerosas voces apocalípticas en nuestros días, voces de protesta que se niegan a intentar comprenderlo. Tal es precisamente el propósito último de Baricco: la elaboración de un análisis-mosaico que va más allá de la mera dicotomía clásica entre civilización y barbarie.

Tras visitar tres ámbitos particulares (el vino, el fútbol y la industria del libro, aldeas saqueadas que ejemplifican cómo libran sus batallas los nuevos bárbaros), el autor se detiene en Google, un avance tecnológico que, más que un símbolo, es el campamento o palacio de los bárbaros, ya que refleja su forma de entender la cultura como navegación rápida por la superficie, como búsqueda de espectacularidad... En cambio, el alma burguesa, tan bien representada por la obra de Ingres o Beethoven (pero también por las catástrofes del siglo XX), aboga por una cultura del esfuerzo que choca con el ansia de experiencias veloces que buscan los bárbaros. En su brillante epílogo, la Gran Muralla china sirve para delimitar el proceso en el que nos encontramos: todo muro, real o imaginario, se levanta no tanto para contener como para trazar las diferencias entre identidades opuestas, sin percatarse de que, como en otras ocasiones de la historia, los bárbaros ya están aquí, no por haber llegado desde ninguna lejana frontera, sino porque son una mutación en el proceso de desarrollo de nuestra propia sociedad.

Un ensayo que no dejará a nadie indiferente: nos obliga a cuestionarnos qué lugar ocupamos en esa mutación. Así ha ocurrido en Italia, donde sus tesis se discuten acaloradamente, en especial en Internet.

diumenge, 14 de juny del 2009

Procrastinar




La procrastinación (del latín: pro, adelante, y crastinus, referente al futuro) es la acción (o hábito) de postergar actividades o situaciones que uno debe atender, por otras situaciones más irrelevantes y agradables.

La procrastinación es un trastorno del comportamiento que tiene su raíz en la asociación de la acción a realizar con el cambio, el dolor o la incomodidad (estrés). Éste puede ser psicológico (en la forma de ansiedad o frustración), físico (como el sentido durante actos que requieren trabajo fuerte o ejercicio vigoroso), o intelectual. El término se aplica comúnmente al sentido de ansiedad generado ante una tarea pendiente de concluir. El acto que se procrastina puede ser percibido como abrumador, desafiante, inquietante, peligroso, difícil, tedioso o aburrido, es decir, estresante, por lo cual se autojustifica posponerlo a un futuro sine-die idealizado, en que lo importante es supeditado a lo urgente. La procrastinación también puede ser un síntoma de algún desorden psicológico, como depresión o TDAH (trastorno por déficit de atención con hiperactividad).

Si bien no se ha demostrado cabalmente que la costumbre de procrastinar genera dependencia de diversos elementos externos, tales como navegar en internet, leer libros, salir de compras o comer compulsivamente, la procrastinación como síndrome que evade responsabilizarse posponiendo tareas a realizar, puede llevar al individuo a refugiarse en actividades ajenas a su cometido.

La procrastinación no necesariamente está ligada a la depresión o a la baja autoestima. El perfeccionismo extremo o el miedo al fracaso también son factores para procrastinar, como p.ej. al no atender una llamada o una cita donde se espera aterrizar ya una decisión.

Existen dos tipos de individuos que ejecutan esta acción: procrastinadores eventuales y procrastinadores crónicos. Los segundos son los que comúnmente denotan desórdenes en los comportamientos antes mencionados.

Algunos autores afirman que existen en la actualidad conductas adictivas que contribuyen a este trastorno de evasión: se refieren, por ejemplo, a la llamadas "adicciones" a la televisión, la computadora, o la pornografía sobre todo a través de Internet. Otros autores afirman que tales adicciones no existen. No obstante, a pesar de que ya hay propuestas de tratamiento para este tipo de problemas conductuales (terapia cognitivo-conductual, sobre todo, que incluye, por ejemplo, la aplicación de opciones en la propia computadora para bloquear voluntariamente el acceso a las páginas de pornografía), se trata de un tema muy nuevo, en el que aún hace falta realizar mucho trabajo de investigación.

Por otra parte, el llamado "síndrome del estudiante" (el hecho de que muchos estudiantes pospongan la entrega de sus trabajos hasta el último minuto del día de la fecha límite) está presente, al parecer, también en otros grupos sociales: en las temporadas en las que se acerca la fecha límite para pagar los impuestos (para presentar las declaraciones mensuales o anuales), las oficinas donde se llevan a cabo esos trámites (los bancos, por ejemplo) se saturan de personas que asisten a realizar ese trámite sólo hasta el último momento. Asimismo, se adolece de procrastinación al coleccionar opciones como pretexto con tal de no decidirse por ninguna acción en concreto.

La procrastinación, en particular, es un problema de autorregulación y de organización del tiempo. Su solución pasaría, entre otras, por lograr una adecuada organización del tiempo, concentrándose en realizar las tareas importantes que tienen un plazo de finalización más cercano. Quien pospone o procrastina una decisión, suele aducir que lo hará después..."cuando tenga tiempo"; denotando en el fondo una conducta evasiva e inmadura.