La Revolución francesa, las guerras napoleónicas, la restauración política
decidida en el Congreso de Viena y la rápida expansión de las manufacturas
industriales y del comercio internacional no introdujeron ninguna modifi-
cación en los estudios socioculturales. Aunque las secuelas de la Revolución
francesa dieran ocasión al resurgimiento de algunas ideas que los filósofos
creían haber ridiculizado lo bastante coma para que no volvieran a apare-
cer en ningún discurso culto, la tendencia a la adopción de una perspectiva
científiconatural en el estudio de la historia y de las diferencias sociocultu-
rales no estaba en peligro de extinción. Los continuos avances en las cien-
cias físico-químicas aplicadas, vitales para la guerra, para la industria y
para el comercio, contribuyeron a asegurar a las ciencias sociales nacientes
el paso libre a través de los intervalos reaccionarios. Por otra parte, la bur-
guesía europea, que cada vez dominaba más la vida política en Europa, no
se dejó atemorizar por las fases radicales de la Revolución francesa hasta
el extremo de aceptar todas las consecuencias de un retorno a las doctrinas
teológicas de l'Ancien Régime. Ello no obstante es indudable que el temor
a las masas urbanas hizo que segmentos muy influyentes de la burguesía se
esforzaran por contener las interpretaciones materialistas de la historia.
Las guerras napoleónicas y sus consecuencias inmediatas retardaron,
pero no detuvieron, el movimiento hacia una ciencia del hombre. Durante
los primeros veinticinco años del siglo la balanza se inclinó contra la he-
rencia de los filósofos, pero en los veinticinco siguientes el cientifismo re-
hizo sus filas, recogió nuevas fuerzas y se preparó para las batallas decisi-
vas de la era de Darwin. El resurgimiento religioso, el conservadurismo
político y el nacionalismo romántico tendían a socavar los fundamentos
de las nacientes ciencias sociales, pero en compensación los adelantos de
la física, la química y la técnica aumentaron la importancia económica y el
prestigio del método científico.
En la perpetuación de la perspectiva científica la teoría del laíssez-taire
tuvo un papel importante. Fue al comenzar este período cuando Jeremy
Bentham, James Mili, David Ricardo y John McCullock elaboraron los prin-
cipios clásicos de los sistemas económicos naturales autorregulados. A las fuerzas anticientificas les resultaba cada vez más difícil contener los adelantos del conocimiento biológico y geológico dentro de los
limites de la escatología judeo-cristtana. La oposición religiosa a la ciencia del hombre sería fácilmente ven-
cida por las fuerzas combinadas de la biología de Darwin y la sociología
de Spencer.
Mas el que Spencer y Darwin triunfaran no nos exime de la necesidad
de señalar la especial naturaleza del desafío que llevaba aparejado la reac-
ción política y religiosa del período posnapoleónico. Cuando Edward Tylor,
Lewis Henry Morgan, John Lubbock .Y John McLennan llegan a elaborar una
versión específicamente antropológica de la ciencia del hombre, las coor-
denadas de referencia para entender rectamente sus argumentos presuponen
la existencia previa de las opiniones de reaccionarios tales como Louis de
Bonald, Joseph de Maistre, Richard watbety y W. Cooke Taylor. Estos an-
tecedentes resultan esenciales para entender el sentido especial que se aso-
cia a la distinción entre las teorías del «degeneracíonísmo». al empezar el
siglo XIX, y las del evolucionismo, más adelantado ese siglo. El «degene-
racionisrno» es la creencia de que todos los primitivos contemporáneos des-
cienden de pueblos que hablan llegado a la civilización antes del episodio
de Babel, y todas sus variadas versiones no son más que intentos de salvar
la credibilidad de la Biblia. En sentido estricto no se puede decir que el
degeneracíonismo fuera antievolucionista, puesto que no negaba en el domi-
nio cultural la transformación de tipos a la que en el dominio biológico la
ortodoxia se oponía con tanta vehemencia. Cuando, más adelantado el si-
glo XIX, los «evolucionistas» defendieron el evolucionismo, sus ideas, en sí
más bien inocuas, del paso de las formas simples a las complejas, adquirie-
ran su significación intelectual sólo en relación con la ideología judea-cris-
tiana dominante. En el contexto de aquel tiempo, afirmar la existencia de
un movimiento general desde el salvajismo a la civilización, equivalía a re-
conocer que la narración bíblica del origen de las instituciones se equivoca-
ba y que la historia se podía entender sin necesidad de recurrir a Dios como
agente histórico activo. Más que el evolucionismo en sí mismo ésta fue la
cuestión que dominó él siglo.
LA REACCION TEOLOGICA
La reacción política tras las guerras napoleónicas resultaba especialmente
favorable para el resurgimiento temporal de las interpretaciones teológicas
de la historia. Simultáneamente se produjeron una intensificación de los mo-
vimientos misioneros en el exterior y en Europa una revivificación del fun-
damentalismo y del pietismo. En Inglaterra, William Paley fundó el movi-
miento «Evidencias cristianas», que luchó agresivamente por la restauración
de la fe apoyándose en el «argumento del orden», según el cual las maravi-
llas de la naturaleza no pueden haber sido hechas más que por una inteli-
gencia creadora. Más tarde, hacia 1830, surgió el «Movimiento de Oxford»,
cuyo más famoso representante, John Henry Newman, propugnaba el re-
torno del anglicanismo al catolicismo basándose en que «fuera de la Iglesia
católica todas las cosas tienden al ateísmo» (citado en H. E. BARNES, 1965,
II, p. 859). Una reafirmación comparable de la ortodoxia la representaba en
Francia Francois René de Chateaubriand, que sostenía que salvar el miste-
rio tenía más importancia que alcanzar la civilización.
Entre los más importantes portavoces del renacimiento teísta hubo al-
gunos que trataron de desacreditar toda la contribución científico-religiosa
de los cuatro siglos anteriores. Por ejemplo, Joseph de Maistre. el influyente
conde saboyano, atacó a la Ilustración hasta en las ideas de Locke que le
servían de base. Según él, el intento de descubrir el origen de las ideas cons-
tituía «una enorme ridiculez», y John Locke era el enemigo de toda autori-
dad moral. «Con su grosero sistema, Locke ha desencadenado el materia-
lismo» (citado en MAZLISH, 1955, p. 214).
El anticientifismo oscurantista de De Maistre trató de volver a dar al
conocimiento impartido por procesos no racionales ni cognoscibles la ím-
por-tanela que había tenido antes de Locke. La mano directriz de Dios actúa
en todas las cosas. «La verdad, cuyo nombre pronuncian los hombres tan
reverentemente, no es nada más, al menos para nosotros, que lo que parece
verdadero a la conciencia del mayor número de gentes» (ibidem, p. 77). La
ciencia, esa desvergonzada advenediza corruptora de la verdad, debe vol-
ver a quedar relegada al lugar que ocupaba durante la época medieval:
De Maistre insistía en que en el universo no había desorden, puesto que
todo ocurría según el plan de Dios. Mas Dios no era incapaz de obrar mi-
lagros y éstos se producían con la frecuencia bastante (y a conveniencia del
observador) -omo para que a efectos prácticos hubiera que suspender la
creencia en el modelo del relojero. La «más pérfida tentación» de la mente
humana es la de «creer en las leyes invariables de la naturaleza» (ibídem,
página 173). En el campo de los acontecimientos socioculturales los milagros
estaban a la orden del día. Incluso la Revolución francesa la explicaba De
Maistre como un milagro causado por el deseo de Dios de castigar y de
regenerar al hombre. «Por su caída, debida a su naturaleza malvada, el
hombre tiene que sufrir la guerra, el hambre, el terremoto; la Revolución
tiene el mismo carácter que esos otros castigos» (ibídem, p. 90). En sí misma,
la propia creencia en la caída original se oponía evidentemente a la doctri-
na del siglo XVIII de una secuencia evolucionista universal que iba desde el
salvajismo hasta la civilización. Para De Maistre no había error mayor que
el de postular esta secuencia: "Partimos siempre de la hipótesis banal de
que el hombre se ha elevado gradualmente desde la barbarie hasta el cono-
cimiento y la civilización. Este es el sueño favorito, el error capital de
nuestro siglo» (ibídem, p. 90). Con todo lo cual resultará claro que, aunque
De Maistre afirme que eel orden moral tiene, como el mundo físico, sus
propias leyes, que bien merecen ser objeto de las reflexiones del verdadero
filósofo_ (ibidem, p. 196), es evidente que la tendencia predominante de su
pensamiento se orienta a la supresión de la verdadera ciencia social.
El anticientifismo de los filósofos sociales contrarrevolucionarios no re-
sulta siempre tan patente como en el caso de De Maistre. En los escritos de
Louis de Bonald, otro monárquico correligionario de De Maistre, se hace
una aparente defensa de la importancia del razonamiento riguroso en mate-
rias socioculturales y de la necesidad de una ciencia de la sociedad. Pero
De Bonald no se priva de fantasmagorías animistas cada vez que la ciencia
amenaza con desalojar a algún prejuicio bíblico. Así, en su Sobre los prime-
ros objetos de los conocimientos morales (1826), De Bonald trata por exten-
so, y no sin cierta erudición, la cuestión de los orígenes del lenguaje, sólo
para concluir, con Martin Dobrizhoffer (véase p. 14), que «así para el hom-
bre resulta filosófica y moralmente imposible haber inventado el arte de
hablar o el arte de escribir.. (DE BONALD, 1926, p. 283). Y solamente Dios
puede haber inventado las palabras y la gramática tanto del lenguaje ha-
blado como igualmente del lenguaje escrito. De Maistre y De Bonald se
empeñaron en el esfuerzo de asociar el lenguaje de los pueblos con su ca-
rácter nacional y con su destino histórico inmutable. Su insistencia en la
maduración mística del lenguaje, las leyes y las costumbres de cada nación
bajo la guía de la Divina Providencia tuvo un eco en el nacionalismo ro-
mántico de Johann Gottlieb Fichte y de Georg W. F. Hegel. Tal vez el me-
jor modo de poner de manifiesto las raíces básicamente oscurantistas y an-
ticientíficas de todas esas doctrinas sea recordando aquí el reconocimiento
definitivo de los méritos políticos de De Bonald, expresado en su nombra-
miento en 1827 de censor estatal en el gobierno de Carlos X.
Lo que no se ha señalado adecuadamente es que el contraataque ideo-
lógico extremista que representan De Maistre y De Bonald era ciertamente
antirracional y anticientífico, pero en 10 que se refería a la evolución cul-
tural no era antievolucionista. Precisamente por la insistencia que ponían
en la esencial exactitud de la narración bíblica del origen y de la transfor-
mación de las ínstítucíones. aquellas figuras reaccionarias defendían doc-
trinas culturales evolucionistas. A pesar de su oposición a la «hipótesis
banal» según la cual el hombre se había elevado por sí mismo desde la
barbarie hasta la civilización, De Bonald estaba perfectamente familiarizado
con las transformaciones evolutivas que se habían producido en el mundo
clásico, medieval y moderno. En cambio, el transformismo biológico, tal y
como lo exponía Jean Baptiste Lamarck, para De Bonald y para sus colegas
contrarrevolucionarios era «una hipótesis monstruosa»:
sino la de pensar que esas formas se originan y se mantienen o cambian
sin el propósito consciente y sin la intervención de los miembros del pan-
teón [udeo-cristiano. Como en el siglo precedente, los predicadores de esta
herejía eran principalmente idealistas culturales que iban desde los ateos
a los deístas y a los panteístas. Así, los enemigos inmediatos de De Bonald
y De Maistre no eran Marx y Engels, sino más bien todos aquellos que ha-
bían aceptado la creencia de la Ilustración de que la historia humana era
el producto natural y la encarnación de la vida espiritual e intelectual del
hombre.
ELCOMPROMISO POSITIVISTA
La teoría antropológica del siglo XIX iba a verse intensamente envuelta en
Iarefutación de estas posiciones teológicas. Lo que estaba en juego en la
afirmación de Whately de que el hombre no podfa haberse hecho a sí mis-
mo era nada menos que la posibilidad misma de una ciencia del hombre
(cf. CHILDE, 195Ib). La reaanimación de esa posibilidad tomó forma bajo la
tutela de diferentes postulados filosóficos y epistemológicos, muchos de los
cuales desde el punto de vista de la ciencia social moderna no representan
un gran avance respecto de las creencias bíblicas de Whately o De Maistre.
La mayor parte de las refutaciones presentan signos evidentes de compro-
miso con las instituciones político-religiosas dominantes. Estos elementos de
compromiso resultan particularmente claros y especialmente perniciosos en
el caso de los idealistas filosóficos y culturales, Claude Henri Saint-Simon,
Auguste Comte y Georg W. F. Hegel; otros, como John S. MilI. Adophe Qué-
telet y Thomas Buckle, se aproximaron con menos reservas a un modelo
fisicalista de la ciencia, y por último están las expresiones radicales de cien-
tifismo que representan las obras de Spencer y de Marx, de las que trata-
remos en otros capítulos.
Un ejemplo eminente de los complicados efectos de la reacción intelec-
tual frente a la Revolución francesa y las guerras napoleónicas se muestra
en las obras de Claude Henri Saint-Simon y del que durante algún tiempo
fue secretario y colaborador suyo, Auguste Comte. Su inspiración científica
era claramente prerrevolucionaria, pero su mayor preocupación parece ha-
ber sido la de evitar que se les relacionara con la subversión política. Para
probar que eran inofensivos incurrieron en excentricidades de conducta y
de pensamiento que aminoran considerablemente su talla cuando se les com-
para con sus predecesores de la Ilustración e incluso con sus contemporá-
neos o casi contemporáneos. Saint-Símon y Comte defendieron la creación
de una nueva eciencía del hombre» que había de tratar de losasuntos hu-
manos con aquella misma objetividad con que se habían alcanzado tan no-
tables éxitos en el campo inorgánico y orgánico. En la versión ~ Saint-Si-
mon esta nueva ciencia se presentaba como una rama de la fisíplogía y lle-
vaba el nombre de eñsíologra sociab (MAJlKHAN. 1952, p. xxI). Saint-Simon
abrigaba la esperanza de que con el tiempo se hallaría un principio unifica-
dor similar al de la gravedad y aplicable a todas las ciencias, Comte, por
su parte, pensaba en lo que en el primer volumen del Course de philosophie
positive llamó una disciplina que presuponía la existen-
cia de todas las ciencias orgánicas e inorgánicas, pero que no podía redu-
cirse a los términos ni a los principios de ninguna de ellas. En 1835, Adolphe
Quetelet empezó a usar la denominación de "física social", y Comte, que
concedía gran importancia a las palabras. se sintió obligado a dar otro nom-
bre a la nueva ciencia y la llamó «sociología» (COMTE, 1830-42, IV, p. 7n).
Esta innovación no se produjo hasta el volumen cuarto del Cours de philo-
sophie positive (ibidem, p. 252n). Estas sutilezas terminológicas habían de
ganar para él la reputación de ser el «fundador de la sociología», distinción
que, si no puede concederse con más justicia a algunos de sus predecesores
más originales, sin duda la merece más Quételet con su estudio cuantificado
de las instituciones europeas, sobre el que vamos a hablar enseguida.
Saint-Simon llamó a su perspectiva «positiva» para distinguirla de las
modalidades de pensamiento crítico y no constructivo que él atribuía a los
filósofos (cf. MARCUSE, 1960, p. 327). El «positivismo. de Saint.Símon re-
presenta la fase del desarrollo intelectual humano que sigue a los períodos
anteriores politeísta y teísta. En la elaboración que Comte hizo del progre-
ma de Saínt-Símon, el positivismo se define como el esfuerzo por descubrir
las «relaciones invariables entre los fenómenos». esfuerzo en sí distinto del
que se hace por buscar las causas (COMTE, 183().42, 1, p. 14). El principal
defecto de los estadios anteriores de la evolución intelectual, el teólogo y
el metafísico, había sido su preocupación por las causas no cognoscibles.
Comte estaba convencido de haber sido el primero en indicar la existencia
de esa secuencia intelectual, que para él era universalmente válida y cons-
tituía la más importante de todas las leyes sociológicas:
Yo creo que he descubierto una gran ley fundamental. Esta ley es que cada una de
nuestras concepciones principales. cada rama de nuestro conocimiento, pasa a través
de tres estadios teóricos diferentes: el estadio teológico o ficticio, el meta!fsico o abs-
tracto y el científico o positivo [ibidem].
Anticipándose a Herbert Spencer, Emile Durkhelrn, A. R. Radcliffe-Brown
y a toda la moderna escuela funcionalista británica, Comte consideraba que
existía una justificación pragmática suficiente para dividir el estudio de los
fenómenos socioculturales en dos aspectos: el estático y el dinámico. La
aproximación a los fenómenos en su aspecto estático conduce a «la inves-
tigación de las leyes de acción y reacción de las diferentes partes del sis-
tema social, dejando a un lado en este caso el movimiento fundamental que
va modificándolas constante y gradualmente» (COMTE, 1830-42, IV, p. 324).
El interés de la dinámica social, por otro lado, se centra en concebir cada
uno de losestadios sociales consecutivos como el resultado necesario del precedente y el indis-
pensable motor del siguiente, de acuerdo con el axioma de Leibniz de que «el presente
está preñado de futuros. Desde este punto de vista, el objeto de la ciencia es descubrir
las leyes que rigen esta continuidad y cuya composición determina el curso del des-
arrollo humano [ibidem, pp. 365-66].
Aquí habría que subrayar que, a diferencia de muchos funcionalistas
del siglo xx, Cornte no podía concebir que se adoptara una perspectiva fun-
cionalista a expensas de una dinámica. Antes, al contrario, la estática social
sólo le interesaba en la medida en que revelaba las estructuras con las que
estaba enredado el proceso evolutivo.
La división básica en estática y dinámica se incorporó a la misión moral
del positivismo, transmutándose místicamente en la más excelsa consigna
de la nueva religión secular: Orden y Progreso. Este lema, con su implica-
ción de una organización social que funciona suavemente y con la misma
suavidad va gradualmente sufriendo transformaciones beneficiosas, se atra-
jo muy pronto las simpatías de la burguesía francesa y no francesa. La
adopción del lema como leyenda de la bandera del lejano Brasil da testi-
monio de la vigorosa atracción que las ideas de Comte ejercían sobre los
políticos y los intelectuales liberales que creían que los cambios fundamen-
tales no eran incompatibles con la estabilidad.
Para elaborar su descripción de la estática social. Comte se valió de una
analogía organísmíca, base de la mayoría de las perspectivas funcionales
anteriores a él, como igualmente de las posteriores. En este contexto fue
en el que introdujo los términos «anatomía social», «organismo social»
y «organización social», insistiendo en la necesidad de subrayar la concate-
nación de influencias dentro del sistema social.
Comte no intentó nunca el análisis detallado de ningún
sistema social concreto. En su lugar aceptó la desdichada ocurrencia de
Condorcet, «el artificio de suponer una nación única a la que podamos atrio
buir todas las modificaciones sociales consecutivas realmente atestiguadas
entre distintos pueblos» (ibidem, pp. 364-65). Esta desafortunada decisión
restó a su ley histórica todo valor sustantivo. Su resultado no fue sólo un
tratamiento superficial de la historia de la cultura occidental, sino algo
peor: la arbitraria exclusión de las sociedades no occidentales, justificada
por el hecho de que eran sociedades «no progresivas». Así, en la Philophie
positive, Comte manifestó su intención de aplicar su teoría de la historia
sólo a las «naciones más avanzadas. sin permitir que nuestra atención se
desvíe hacia otros centros de civilización independientes que, por la causa
que sea, se han detenido y han quedado en un estado imperfecto. (ibidem,
v, pp. 3-4). Para estudiar el pasado remoto basta con estudiar el de las so-
cíedades europeas, concretamente de las de Europa occidental. Comte criti-
caba a «aquellos que gustan de exhibir todas sus reservas de erudición y
mezclan con el estudio del pasado el de poblaciones tales como la de India
o de China. que en nada han contribuido al proceso de la evolución» (ibidem,
página 5). Esta actitud parece haber sido común entre los contemporáneos
de Comte.
De "El desarrollo de la teoría antropológica" de Marvin Harris
dimarts, 13 de novembre del 2012
dilluns, 12 de novembre del 2012
Habermas y la Teoría de la Acción Comunicativa
Jürgen Habermas, nacido en
1922, se inscribió en sus comienzos en la Teoría Crítica o Escuela de
Frankfurt de Horkheimer, Adorno, Marcuse y Fromm.
Posteriormente sus ideas tomaron características propias, si bien
basadas en Marx y Weber, con una preocupación básica por la transformación
político-social. Por ello, su teoría
fue considerada como una forma de neomarxismo.
Sin embargo, su interés posterior y la utilización que hace de ideas de
Herbert Mead, Talcott Parsons y Schutz lo ubican en un campo de confluencia
entre las tendencia explicativas y comprensiva – interpretativa de las
ciencias sociales. Sus obras más
recientes son Teoría de la acción comunicativa I: Racionalidad de la acción y
racionalización social (Madrid, Taurus, 1984) y Teoría de la acción
comunicativa II: Crítica de la razón funcionalista (Madrid, Taurus, 1987).
La teoría crítica de los
fundadores y de sus mismos primeros trabajos experimentan en Habermas una
importante modificación y reorientación.
Es menos crítica, menos negativa y más sistemática, más orientada a
la construcción de una teoría social más coherente. En el fondo, sin embargo, se mantiene la importancia central
dada a la racionalidad, entendida como la forma en que las personas que usan el
lenguaje y son capaces de actuar mediante el conocimiento.
De ahí que se pregunte por el tipo de racionalidad que debe estudiar la
ciencia social y en qué sentido la modernización puede ser considerada como un
proceso de racionalización. Ambas
preocupaciones tienen especial importancia ya que para Habermas la sociedad
democrática debe basarse en la razón.
En la línea de la teoría crítica
tradicional, Habermas afirma que existe una racionalidad de los fines y que la
ciencia social debe preocuparse por la resolución de problemas prácticos.
Todo conocimiento obedece a un interés
pero mientras las ciencias naturales tienen interés en controlar la
naturaleza, las ciencias sociales tienen interés en la emancipación de las
personas respecto de cualquiera forma de coacción.
Teoría de la acción
comunicativa.
Habermas comienza por señalar
que Marx considera como uno de los puntos de partida de su teoría el concepto
de acción instrumental o conducta racional de las personas para elegir los
medios más apropiados parta lograr un cierto fin. Tal acción se relaciona en
Marx con el trabajo de cuyo concepto deriva las relaciones sociales.
Para él, en cambio, en el análisis social es más importante la acción
comunicativa que permite una comprensión comunicativa entre los actores en
interacción. En ese proceso, no se
hace, principalmente, cálculos egoístas (instrumentales) para alcanzar el éxito,
sino que se trata de lograr definiciones comunes de la situación para dentro de
ellas, perseguir metas individuales.
Habermas deriva el concepto
de acción comunicativa de los diversos tipos de acción que distinguió Max
Weber (racional, orientada por valores, afectiva y acción tradicional).
Al redefinir los tipo weberianos, coloca frente a la acción instrumental
la acción comunicativa como una relación interpersonal lingüística que busca
el mutuo entendimiento, el consenso. Mientras
en Marx la acción y la racionalidad instrumental se relacionan con el trabajo,
la acción y la racionalidad comunicativa re relacionan con la interacción.
Cuando la acción comunicativa se basa en argumentaciones racionales y tiene
pretensiones de universalidad se denomina discurso.
El concepto de acción
comunicativa “fuerza u obliga a considerar también a los actores como
hablantes u oyentes que se refieren a algo en el mundo objetivo, en el mundo
social y en el mundo subjetivo, y se entablan recíprocamente a este respecto
pretensiones de validez que pueden ser aceptadas o ponerse en tela de juicio.
Los actores no se refieren sin más intentione recta a algo en el mundo
objetivo, en el mundo social o en el mundo subjetivo, sino que relativizan sus
emisiones sobre algo en el mundo teniendo presente la posibilidad de que la
validez de ellas pueda ser puesta en cuestión por otros actores” (Teoría de
la acción comunicativa: complementos a estudios previos, Madrid, Cátedra,
1989, Pág. 493).
Es en discurso, una forma
especial de comunicación, donde, por medio de la argumentación se determina lo
que es válido o verdadero. Es
decir, la verdad no es una copia de la “realidad” a la cual se refieren los
argumentos de los participantes en el discurso, sino que es un resultado
consensual sobre el cual no actúa ninguna influencia que lo distorsione. Ese consenso se logra cuando se dan cuatro condiciones de
validez aceptadas por todos los participantes: a) que el enunciado que hace un
hablante sea comprensible; b) que el hablante sea fiable; c) que la acción
pretendida sea correcta por referencia a un contexto normativo vigente; y d) que
la intención manifiesta del hablante sea, en efecto, la que él expresa.
Con las características señaladas,
Habermas sostiene que la acción comunicativa, y no la acción racional
instrumental, como lo hizo Marx, es la conducta que caracteriza a las
interacciones que se dan en la sociedad. Por
eso, la acción comunicativa debe tener un lugar central en la teoría.
Uno de los objetivos de tal teoría debe ser la identificación y
eliminación de los factores estructurales que distorsionan la comunicación.
El papel central que ocupa la
comunicación en la propuesta teórica y política de Habermas lo lleva a
preocuparse por la racionalización de la acción comunicativa, siguiendo el
camino tomado por Marx y Weber sobre ese tema.
La racionalidad final se dará cuando se supriman las barreras a la
comunicación. El medio para
hacerlo lo constituye la modificación en profundidad del sistema normativo
vigente. La evolución social no
consiste, precisamente, en cambios en el sistema de producción (en el cambio de
las bases materiales, como diría el marxismo original de Marx), sino
en el transito de una sociedad racional en la cual la comunicación de
las ideas se expondrá sin restricciones.
El mundo de la vida.
Habermas distingue en la
sociedad dos niveles: el “sistema” y el “mundo de la vida”. La preocupación por el mundo de la vida es una extensión de
la teoría de la acción comunicativa que relaciona a Habermas con Herbert Medad
y, de manera principal, con Durkheim (la conciencia colectiva), Husserl, Schutz
y Luckmann. Desde ya digamos que la
acción comunicativa sucede siempre en el mundo de la vida.
El mundo de la vida –en una
concepción similar a la de Parsons y a la de Luhmann--
está constituido por la cultura, la sociedad y la personalidad.
La racionalización de tal mundo implica una creciente diferenciación
entre sus tres componentes. Habermas
destaca que el mundo de la vida representa el “punto de vista de los
sujetos” que actúan en la sociedad. Pero
para una perspectiva externa a ella, para su análisis desinteresado, la
sociedad aparece como un sistema con diferentes configuraciones estructurales
(la familia, el estado, la economía, etc.) cuya racionalización progresiva las
va alejando del mundo de la vida en un proceso de “colonización” de este último
por el sistema. La lucha contra la
explotación (en términos que vuelve a Habermas al marxismo), y los movimientos
sociales que buscan una mayor igualdad, mayores niveles de autorrealización, la
paz y la preservación del medio ambiente (que constituye una de las
reclamaciones del neomarxismo) deben contribuir a impedir una “colonización”
negativa del mundo de la vida y a buscar una convivencia adecuada entre éste y
el sistema.
Fuente: http://www.lapaginadelprofe.cl/sociologia/habermas/habersum.htm
diumenge, 11 de novembre del 2012
dimecres, 7 de novembre del 2012
Antropologia Cultural I: La Ilustración
El desarrollo de la teoría antropológica COmenzó en aquella época venerable
de la cultura occidental que se llama la Ilustración, un periodo que coin-
cide aproximadamente con los cien años que van desde la publicación de
An essay concerning human understanding, de John Locke (1690), hasta
el estallido de la Revolución francesa. La importancia de esta época en la
formación de la ciencia de la cultura ha pasado desapercibida, principal-
mente por causa de la prolongada influencia de aquellos antropólogos que
o no estaban interesados en una ciencia así o negaban que fuera posible.
Porque ha habido muchos antropólogos que han pensado que la libre vo-
luntad de los actores humanos, la inestabilidad del carácter nacional y la
confusión de los azares y las circunstancias en la historia desbaratan todos
los esfuerzos científicos en ese campo. Aquellos que creen que el destino
único del hombre es vivir fuera del orden determinado de la naturaleza no
pueden reconocer la importancia del siglo XVIII. Muchos antropólogos con-
temporáneos consideran las aspiraciones científicas de la Ilustración como
la quintaesencia misma de aquella vanidad que el profeta del Eclesiastés
atribuía a todas las ideas nuevas. Para todos los antropólogos en quienes se apoya su incomprensión de las teorías contem-
poráneas de la cultura, todo cientifismo en materia sociocultural es ilusorio.
Los filósofos sociales del siglo XVIII fue-
ron los primeros en sacar a la luz las cuestiones centrales de la antropolo-
gía contemporánea y se esforzaron resueltamente, pero sin éxito, por formu-
lar las leyes que gobiernan el curso de la historia humana y la evolución
de las diferencias y de las semejanzas socioculturales.
Los temas del estudio sociocultural abordados durante la Ilustración
abarcan la mayor parte de aquellos que sirven de fundamento a la teoría
contemporánea o de los que constituyen el esquema básico de referencias
en cuyos términos se está desarrollando todavía la moderna investigación
sociocultural. Hasta cierto punto los filósofos
de la Ilustración fueron capaces de identificar el dominio sociocultural como
un campo específico de estudio caracterizado por una elaboración distinti·
vamente humana de conducta culturalmente determinada, en qué medida y
por qué razones filosóficas y epistemológicas los protoantropólogos de la
Ilustración pensaron que los fenómenos socioculturales constituían un do-
minio legítimo del estudio científico, y también la Ilustración, cien
años antes de Darwin, adelantó ya ideas relativas a la naturaleza y a la di-
rección de la evolución sociocultural.
de la cultura occidental que se llama la Ilustración, un periodo que coin-
cide aproximadamente con los cien años que van desde la publicación de
An essay concerning human understanding, de John Locke (1690), hasta
el estallido de la Revolución francesa. La importancia de esta época en la
formación de la ciencia de la cultura ha pasado desapercibida, principal-
mente por causa de la prolongada influencia de aquellos antropólogos que
o no estaban interesados en una ciencia así o negaban que fuera posible.
Porque ha habido muchos antropólogos que han pensado que la libre vo-
luntad de los actores humanos, la inestabilidad del carácter nacional y la
confusión de los azares y las circunstancias en la historia desbaratan todos
los esfuerzos científicos en ese campo. Aquellos que creen que el destino
único del hombre es vivir fuera del orden determinado de la naturaleza no
pueden reconocer la importancia del siglo XVIII. Muchos antropólogos con-
temporáneos consideran las aspiraciones científicas de la Ilustración como
la quintaesencia misma de aquella vanidad que el profeta del Eclesiastés
atribuía a todas las ideas nuevas. Para todos los antropólogos en quienes se apoya su incomprensión de las teorías contem-
poráneas de la cultura, todo cientifismo en materia sociocultural es ilusorio.
Los filósofos sociales del siglo XVIII fue-
ron los primeros en sacar a la luz las cuestiones centrales de la antropolo-
gía contemporánea y se esforzaron resueltamente, pero sin éxito, por formu-
lar las leyes que gobiernan el curso de la historia humana y la evolución
de las diferencias y de las semejanzas socioculturales.
Los temas del estudio sociocultural abordados durante la Ilustración
abarcan la mayor parte de aquellos que sirven de fundamento a la teoría
contemporánea o de los que constituyen el esquema básico de referencias
en cuyos términos se está desarrollando todavía la moderna investigación
sociocultural. Hasta cierto punto los filósofos
de la Ilustración fueron capaces de identificar el dominio sociocultural como
un campo específico de estudio caracterizado por una elaboración distinti·
vamente humana de conducta culturalmente determinada, en qué medida y
por qué razones filosóficas y epistemológicas los protoantropólogos de la
Ilustración pensaron que los fenómenos socioculturales constituían un do-
minio legítimo del estudio científico, y también la Ilustración, cien
años antes de Darwin, adelantó ya ideas relativas a la naturaleza y a la di-
rección de la evolución sociocultural.
LA ILUSTRACION y EL CONCEPTO DE CULTURA
Según Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn, el concepto de cultura en el sen-
tido de «un conjunto de atributos y productos de las sociedades humanas
y, en consecuencia, de la humanidad, que son extrasomáticos y transmisibles
por mecanismos distintos de la herencia biológica [ ... ] no existía en ningún
lugar en 1750» (1952, p. 145). Aunque esos autores reconocen y citan el uso
de los términos «cultura» (sólo en alemán, Ku.ltu.r) y «civilización» (en fran-
cés y en inglés) durante el siglo XVIII, la aparición del concepto moderno
la sitúan mucho después, avanzado ya el siglo XIX. Lo único que conceden
es que «hacia 1850 ya estaba siendo usado de hecho en algunos sitios de Ale-
mania [ ... I» (ibidem).
Realmente no hay razón por la que una definición de la cultura tenga
que subrayar los factores extrasomáticos y no hereditarios, aunque la ma-
yoría de los antropólogos del siglo xx los consideren parte esencial del con-
cepto de cultura. Y como todavía está por descubrir la manera de separar
en todo el repertorio de la conducta de una población humana dada (o in-
cluso de una infrahumana) los elementos heredados de los elementos adqui-
ridos, difícilmente se puede esperar delimitar de un modo operacionalmente
válido un campo cultural de estudio utilizando esos términos teóricos. La
definición que proponen Kroeber y Kluckhohn no es un mero concepto de
cultura; va más allá, es más bien una teoría de la cultura, en el sentido
de que es una explicación de cómo llegan a establecerse los rasgos del re-
pertorio de la conducta de una población determinada, por procesos de apren·
dizaje más bien que por procesos genéticos. Mas en este contexto discutir
si la fórmula generalmente aceptada es un concepto o una teoría parcial de
la cultura no tiene una importancia excesiva; más bien nos interesa deter-
minar la medida en que precisamente esas ideas a las que se refieren Krce-
ber y Kluckhohn habían sido anticipadas ya años antes de la Revolución
francesa.
Una atención más despierta para las definiciones de tacto o implícitas,
distintas de las formales o explícitas, justifica el situar el umbral histórico
del concepto de cultura en una fecha muy anterior a la que dan esos dos
autores. El principal defecto de su historia del concepto es que omiten el
colocar su desarrollo dentro de las grandes corrientes del pensamiento cien-
tífico. Se olvidan de señalar que la formulación implícita, de hecho, no era
un mero apéndice de un interés ocasional por instituciones y costumbres,
ni tenía que ser rescatada de oscuros pasajes en las obras completas de
autores olvidados. Antes al contrario, desde nuestra perspectiva privilegia-
da resulta manifiesto que el principal tema de la efervescencia intelectual que
precedió a la Revolución francesa fue precisamente una versión incipiente
del concepto y de la teoría de la cultura. A decir verdad, esas ideas han
tenido siempre auspicios y consecuencias revolucionarias, tanto políticas
como intelectuales. Así, el concepto moderno de cultura no sólo está Im-
plícito en los antecedentes ideológicos de la Revolución francesa (e Igual-
mente de la Revolución americana), sino que puede decirse que la sustancia
misma del progreso revolucionario proclamaba la validez del concepto y
daba testimonio de su importancia.
del concepto de cultura en una fecha muy anterior a la que dan esos dos
autores. El principal defecto de su historia del concepto es que omiten el
colocar su desarrollo dentro de las grandes corrientes del pensamiento cien-
tífico. Se olvidan de señalar que la formulación implícita, de hecho, no era
un mero apéndice de un interés ocasional por instituciones y costumbres,
ni tenía que ser rescatada de oscuros pasajes en las obras completas de
autores olvidados. Antes al contrario, desde nuestra perspectiva privilegia-
da resulta manifiesto que el principal tema de la efervescencia intelectual que
precedió a la Revolución francesa fue precisamente una versión incipiente
del concepto y de la teoría de la cultura. A decir verdad, esas ideas han
tenido siempre auspicios y consecuencias revolucionarias, tanto políticas
como intelectuales. Así, el concepto moderno de cultura no sólo está Im-
plícito en los antecedentes ideológicos de la Revolución francesa (e Igual-
mente de la Revolución americana), sino que puede decirse que la sustancia
misma del progreso revolucionario proclamaba la validez del concepto y
daba testimonio de su importancia.
Según Alfred Kroeber y Clyde Kluckhohn, el concepto de cultura en el sen-
tido de «un conjunto de atributos y productos de las sociedades humanas
y, en consecuencia, de la humanidad, que son extrasomáticos y transmisibles
por mecanismos distintos de la herencia biológica [ ... ] no existía en ningún
lugar en 1750» (1952, p. 145). Aunque esos autores reconocen y citan el uso
de los términos «cultura» (sólo en alemán, Ku.ltu.r) y «civilización» (en fran-
cés y en inglés) durante el siglo XVIII, la aparición del concepto moderno
la sitúan mucho después, avanzado ya el siglo XIX. Lo único que conceden
es que «hacia 1850 ya estaba siendo usado de hecho en algunos sitios de Ale-
mania [ ... I» (ibidem).
Realmente no hay razón por la que una definición de la cultura tenga
que subrayar los factores extrasomáticos y no hereditarios, aunque la ma-
yoría de los antropólogos del siglo xx los consideren parte esencial del con-
cepto de cultura. Y como todavía está por descubrir la manera de separar
en todo el repertorio de la conducta de una población humana dada (o in-
cluso de una infrahumana) los elementos heredados de los elementos adqui-
ridos, difícilmente se puede esperar delimitar de un modo operacionalmente
válido un campo cultural de estudio utilizando esos términos teóricos. La
definición que proponen Kroeber y Kluckhohn no es un mero concepto de
cultura; va más allá, es más bien una teoría de la cultura, en el sentido
de que es una explicación de cómo llegan a establecerse los rasgos del re-
pertorio de la conducta de una población determinada, por procesos de apren·
dizaje más bien que por procesos genéticos. Mas en este contexto discutir
si la fórmula generalmente aceptada es un concepto o una teoría parcial de
la cultura no tiene una importancia excesiva; más bien nos interesa deter-
minar la medida en que precisamente esas ideas a las que se refieren Krce-
ber y Kluckhohn habían sido anticipadas ya años antes de la Revolución
francesa.
Una atención más despierta para las definiciones de tacto o implícitas,
distintas de las formales o explícitas, justifica el situar el umbral histórico
del concepto de cultura en una fecha muy anterior a la que dan esos dos
autores. El principal defecto de su historia del concepto es que omiten el
colocar su desarrollo dentro de las grandes corrientes del pensamiento cien-
tífico. Se olvidan de señalar que la formulación implícita, de hecho, no era
un mero apéndice de un interés ocasional por instituciones y costumbres,
ni tenía que ser rescatada de oscuros pasajes en las obras completas de
autores olvidados. Antes al contrario, desde nuestra perspectiva privilegia-
da resulta manifiesto que el principal tema de la efervescencia intelectual que
precedió a la Revolución francesa fue precisamente una versión incipiente
del concepto y de la teoría de la cultura. A decir verdad, esas ideas han
tenido siempre auspicios y consecuencias revolucionarias, tanto políticas
como intelectuales. Así, el concepto moderno de cultura no sólo está Im-
plícito en los antecedentes ideológicos de la Revolución francesa (e Igual-
mente de la Revolución americana), sino que puede decirse que la sustancia
misma del progreso revolucionario proclamaba la validez del concepto y
daba testimonio de su importancia.
del concepto de cultura en una fecha muy anterior a la que dan esos dos
autores. El principal defecto de su historia del concepto es que omiten el
colocar su desarrollo dentro de las grandes corrientes del pensamiento cien-
tífico. Se olvidan de señalar que la formulación implícita, de hecho, no era
un mero apéndice de un interés ocasional por instituciones y costumbres,
ni tenía que ser rescatada de oscuros pasajes en las obras completas de
autores olvidados. Antes al contrario, desde nuestra perspectiva privilegia-
da resulta manifiesto que el principal tema de la efervescencia intelectual que
precedió a la Revolución francesa fue precisamente una versión incipiente
del concepto y de la teoría de la cultura. A decir verdad, esas ideas han
tenido siempre auspicios y consecuencias revolucionarias, tanto políticas
como intelectuales. Así, el concepto moderno de cultura no sólo está Im-
plícito en los antecedentes ideológicos de la Revolución francesa (e Igual-
mente de la Revolución americana), sino que puede decirse que la sustancia
misma del progreso revolucionario proclamaba la validez del concepto y
daba testimonio de su importancia.
De "El desarrollo de la teoría antropológica" de Marvin Harris
L'Ètica de Baruch Spinoza
La tesi més coneguda de Baruc Spinoza (1632-1677) fa: “Deus
sive natura”; és a dir, “Déu o bé
la natura”, també traduïble per “Déu
o si tu ho prefereixes la natura”. Aquesta afirmació
significà una revolució per a la filosofia en la
mesura que obre una possibilitat tant a l’ateisme com a
una nova comprensió racionalista del paper de la divinitat.
En la tradició jueva, platònica i escolàstica,
Déu se situa fora del món, en la mesura que és
un esperit pur, immaterial; per això mateix el món
té alguna cosa de degradat (“material”); en
canvi el déu de Spinoza no és “exterior”
a res ni no hi ha res exterior a Déu, que es confon estrictament
amb l’Univers.
D’aquesta
tesi en deriven, com a mínim, tres conseqüències
importants per a qualsevol teologia posterior –i de retruc
també per a l’ètica de la modernitat.
1.-
Déu no és una “persona” és a
dir algú situat fora del món, perquè fora
del món, extern a la Natura, no hi ha res.
2.-
Per tant Déu no és “provident”, no consisteix
en una voluntat que pugui prendre decisions al marge, o més
enllà, de les lleis de la Natura (o de les lleis que una
raó natural pugui comprendre o desvelar).
3.-
I en conseqüència, creure que Déu pot modificar
l’ordre del món o canviar d’opinió –fer
miracles, mogut per la pregària, per exemple– resulta
senzillament absurd.
D’aquesta
manera tot el que succeeix en la Natura té un caire de
necessitat. Resulta impensable el caprici, l’arbitrarietat
o una suposada voluntat divina que faci un món diferent
del que el món realment és. Segons la tesi espinoziana
si Déu és perfecte no es perquè sigui bo
sinó perquè la realitat –la Natura–
no pot ser diferentment a com ella és. Déu o la
Natura és una “substància infinitament infinita”
sense exterior i sense passions, que es mou segons la seva pròpia
necessitat interna. Com diu Spinoza “per perfecció
i per realitat entenc la mateixa cosa”. No hi ha res exterior
a la realitat mateixa.
Traslladada
a l’àmbit de la moral, la tesi també té
un seguit de conseqüències immediates: si l’home
és “una part de la natura”, tot el que els
humans pensem, sentim i desitgem no depèn ni deriva de
la nostra voluntat subjectiva (o de la nostra suposada però
inexistent llibertat), sinó de la necessitat que és
la regla de la Natura. Perquè en paraules de l’ÈTICA:
“La nostra ànima en tant que percep les coses veritablement
és una part de l’enteniment infinit de Déu”
(II escoli de la proposició XLIII). Déu o la natura
tenen un caràcter necessari i l’acció humana
també la té.
Aplicada
a l’anàlisi de l’acció humana aquesta
tesi podria tenir un aspecte immoral o desesperant. Si el criminal
o l’heroi no podrien actuar altrament a com ho fan, els
judicis morals que ens podem plantejar sobre el bé o el
mal en els humans són perfectament il•lusoris o fins
i tot nefastos. D’aquí neix la llegenda sobre el
famós riure de Spinoza i el conte –perfectament fals–
segons el qual la seva diversió preferida era fer lluitar
aranyes fins devorar-se entre elles. ¿Per què reia
Spinoza quan parlava sobre moral? Doncs perquè si s’assumeix
el seu plantejament no té cap sentit discutir sobre “el
bé” o “el mal”. De la mateixa manera
que un núvol quan porta pedra i destrueix les collites
no pot ser considerat “bo” o “dolent”,
perquè no té una voluntat pròpia i no pot
evitar la seva pròpia necessitat, tampoc la conducta moral
no pot ser jutjada en termes voluntaristes.
¿Quin
espai resta, doncs, per a fonamentar ja no la teoria moral sinó
l’ètica –entesa com una manera de viure–
i per què Spinoza és tot el contrari d’un
nihilista? Amb Spinoza es capgira el plantejament de la tradició
clàssica que es fonamentava en les diverses teories més
o menys subjectivistes sobre la virtut proposades des d’Aristòtil;
a partir de Spinoza la qüestió que ha d’esbrinar
l’ètica no és la “bondat” (fictícia
perquè es basa en la hipòtesi a parer seu errònia
segons la qual podríem actuar diferent de com ho fem) sinó
–i això és fonamental– el que ens ha
de preocupar és la justícia, en tant que previsió
del mal futur.
L’ètica
és aquella manera de viure tal que les falses perspectives
desapareixen. Desembarassar-se de miratges com la reflexió
sobre la “bondat” moral i subjectiva, vol dir optar
per la justícia que és política i social.
El món és com és (ni bo ni dolent, simplement
necessari); de manera que per comptes de queixar-nos de la maldat
humana el que cal fer és comprendre-la, perquè pertany
a l’àmbit de la necessitat. Potser no podrem fer
res per evitar les maltempsades; però, com a mínim,
conèixer per què s’esdevenen ens permet una
acció més o menys eficaç –i en tot
cas, més eficaç que la submissió a uns designis
suposadament arcans.
El
sacrifici moral, per posar només un exemple, no té
cap sentit en un món en què Déu és
la Naturalesa perquè no canviarà les coses; no hi
ha escapatòria perquè el que és real (Deu
o la Natura) ho ocupa tot; i des/ il•lusionar-nos (deixar
de confiar en pures il•lusions) és la primera forma
de la saviesa.
Per
a Spinoza, creure que som castigats o posats a prova per la voluntat
de Déu és un “refugi de la ignorància”.
Ho explicarem amb un exemple. De la mateixa manera que quan plou
podem posar-nos a cobert per resguardar-nos i que el pagès
pot buscar algun sistema per protegir les seves collites de la
calamarsada (tapant els enciams amb un plàstic o amb una
lona, per exemple) –i actuem així perquè comprenem
que la pedra ens pot arruïnar–, també podem
buscar una manera de viure (no un sistema, ni us valors) en què
les falses perspectives i l’autoengany desapareguin, substituïdes
per una comprensió racional de la necessitat. Cal comprendre
com són les coses per comptes de lamentar-nos de com són.
Spinoza
considera que si la vella moral de les virtuts o de les religions
no serveix és perquè suposa que l’home pot
ser diferent a com realment és. El que resultaria significatiu
no és la lamentació, sinó l’esforç
racional de comprensió del que passa, i establir en la
vida social regles de justícia per actuar de manera previsora
davant el que és inevitable. No podem “esperar”
en un Déu-Natura que actua per regles de caire necessari;
el que podem és esforçar-nos a conèixer i
a preveure el funcionament de la Natura. En aquest sentit la justícia
no és una forma de reparar el mal, ni tampoc no pot impedir-lo;
consisteix en tot cas en una forma de previsió del mal
futur i, en aquest sentit, és també una forma de
“salvar-nos” –entenent la salvació d’una
manera que ja no és ultramundana, sinó profundament
civil.
La
proposta ètica espinoziana deriva de la seva comprensió
del caràcter necessari de la Natura; ens convida a deixar
de lamentar-nos per un món que és com és
i a actuar amb previsió bastint un món més
just, és a dir, participat per la raó. Hem de fer
com el pagès que sap que la pluja pot ser circumstancialment
un incordi però que també és necessària,
que té coses bones i que, en tot cas, sempre podem trobar
una manera de resguardar-nos de les maltempsades si obrem racionalment,
resistint serenament l’adversitat. Aquesta és la
lliçó que tota l’ètica posterior ha
après de Spinoza.
Font: Ramón Alcoberro http://www.alcoberro.info/planes/spinoza2.htm
El pensamiento de Claude Lévi-Strauss
"Odio los viajes y los exploradores …",
así de radical comienza uno de los viajeros y exploradores más
prolíficos del siglo XX su autobiográfico "Tristes Trópicos" (1955). El
tono escéptico - aunque no cínico - es característico de quien tal vez
haya visto demasiadas cosas y sufrido demasiadas decepciones como para
dejar un hueco a la esperanza en el ser humano. Quizá esa distancia
hacia las personas y hacia la vida en general le haya permitido a
Levi-Strauss convertirse en un genial observador del ser humano. Podría
afirmarse que Levi-Strauss es el antropólogo total.
Total por su formación pluridisciplinar, total por sus trabajos de campo
y sus etnografías de primera calidad; total por sus ideas y su
capacidad de creación teórica; total por su influencia en el pensamiento
contemporáneo más allá de la antropología; total por que el conjunto de
su obra fue tomada por la generación del 68 como una alternativa al
pensamiento cristiano y burgués … y total por el conjunto de su vida,
sin duda apasionante, contradictoria y original.
Como hijo de una familia de artistas e intelectuales judíos de Bruselas,
Levi-Strauss tuvo acceso a una esmerada educación. Tuvo tiempo de
estudiar derecho y filosofía, aunque le aburrieron. Cuenta con una vasta
cultura clásica y literaria y también con profundos conocimientos en
música clásica y contemporánea. Sin embargo, sus "tres amantes", como él
las definía, fueron la geología, el marxismo y el psicoanálisis.
Volviendo a su formación, tanto la geología, como el marxismo y el
psicoanálisis comparten una premisa: las cosas constan de estructuras y
estas estructuras pueden ser descubiertas y analizadas en detalle. En
las formaciones geológicas a través de el estudio de los estratos y el
análisis mineralógico, en el marxismo a través del estudio de las
relaciones de clase y en el psicoanálisis a través de la terapia y la
relación médico - paciente.
Sin embargo, fue la antropología lo que permitió a este erudito francés
tomar contacto con otras culturas diferentes de la occidental y
cuestionar la pretendida superioridad de la misma. Su contacto con las
culturas de Brasil, así como de otras tribus sud y norteamericanas fue
intensísimo. Puede afirmarse que pasó más de 30 años entre culturas
diferentes.


El concepto de estructura quedó definitivamente arraigado en
Levi-Strauss gracias a la gramática estructural de Ferdinand Saussurre.
La lingüística estructural no se queda en el análisis simple de los
componentes de las oraciones, sino que penetra en su estructura profunda
y pretende ser capaz de reconocer pautas comunes a todas las lenguas.
Es decir, no se queda en el significado de las palabras, sino que
estudia cómo la mente ordena los significantes, que son las unidades
mínimas del lenguaje.
Del mismo modo que el lenguaje consta de unidades mínimas que, capa tras
capa (como en la geología) se ordenan según una serie de reglas para
producir un significado, la cultura, que según Levi-Strauss es
comunicación, también se constituye de unidades mínimas que se combinan
según ciertas reglas en unidades mayores que forman un significado.
Descomponer la cultura en sus unidades básicas y comprender las reglas
mediante las cuales se combinan es entender el significado de la
cultura. En resumidas cuentas este es el método estructural.
Según Levi-Strauss la mente humana organiza el conocimiento en polos
binarios y antagónicos (bueno - malo; dentro - fuera; nosotros -
vosotros; crudo -cocinado, etc.) que se organizan de acuerdo con la
lógica. Tanto la ciencia como el mito, como explicaciones del mundo,
estarían estructurados por pares de opuestos relacionados lógicamente y
por tanto compartirían la misma estructura, solamente que aplicada a
diferentes cosas.
Para Claude Levi-Strauss, las reglas por las que las unidades de la
cultura se combinan no son producto de la invención humana, sino que
siguen las pautas que se encuentran en el cerebro humano. Expresado en
términos más actuales, las pautas de la cultura serían genéticas. Por lo
tanto, en el paso del ser humano de animal natural a animal cultural (a
través de la adquisición del lenguaje, la preparación de los alimentos,
la formación de relaciones económicas y unidades políticas, etc.) el
ser humano sigue unas leyes ya determinadas por su estructura biológica.
Por eso el ser humano no sería la especie privilegiada que creemos que
es, sino una especia más que pasará y que solamente dejará algunas
trazas de su actividad cuando se extinga.
Entre las obras más destacadas de Claude Levi-Strauss se pueden citar
"El Pensamiento Salvaje" (1962), "Estructuras elementales de Parentesco"
(1949), "Raza e Historia" (1952), "Antropología Estructural" (2 vol.,
1958-73) y "Totemismo" (1962). Es imprescindible mencionar
"Mythologiques", un estudio estructural de los mitos de los nativos
americanos, que se compone de varias obras publicadas entre 1964 y 1971,
así como la ya citada "Tristes Trópicos", unas memorias que fueron un
éxito de crítica y público.
El pensamiento de Levi-Strauss influyó en, fue influido por y fue parte
de los movimientos sociales de los años 60. Ofrecía una alternativa,
pesimista, pero alternativa, a los sistemas burgueses y religiosos
imperantes en la cultura oficial de Occidente. Cuestionando la
supremacía de la cultura occidental y explicando "científicamente" las
reglas de la cultura, Levi-Strauss construyó una imagen del ser humano
pesimista: un ser que se encuentra solo, abocado a la guerra y a la
destrucción del planeta por su rapacidad y para el que no hay esperanza
ni siquiera en el humanismo (no se debe olvidar que Levi-Strauss
pertenece a la generación que vivió la Segunda Guerra Mundial y el
Holocausto y que produjo su obra en el contexto de la Guerra Fría).
La obra de Levi-Strauss ha rebasado las fronteras de la antropología,
influyendo profundamente en la filosofía, la sociología, la historia, el
estudio de la literatura, la filología, la ciencia política, etc. Sin
embargo, con el declinar de la contracultura y el fin de la Guerra Fría,
la visión de Levi-Strauss ha ido perdiendo fuerza. También sus teorías
antropológicas son cuestionadas, aunque sin duda el análisis estructural
es aún importante en cualquier estudio etnográfico.
Tanto las teorías antropológicas de Levi-Strauss como su imagen del ser
humano han sido criticadas por numerosos autores y también han sido
superadas en parte. Pero no cabe duda de que se trata de uno de los
pensadores más profundos y originales del siglo XX, cuya obra encierra
las esperanzas, los horrores, el vacío y la angustia de una época tras
la cual el ser humano ha perdido definitivamente la inocencia.
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